AUTOR:
DANIEL RUCANDIO SAN JOSÉ
CENTRO:
CC. SAN JOSÉ – NIÑO JESÚS
EMAIL:
danirucandio@gmail.com
DESCRIPCIÓN:
Hay una pregunta que cambia algo en un adolescente: ¿me lo puedes explicar como si yo tuviera seis años?
Eso es exactamente lo que les pedimos a nuestros alumnos de 4º de ESO. No que estudien más, no que memoricen mejor. Que cojan lo que saben —la luz, el sonido, la gravedad, el magnetismo— y se lo expliquen a un niño que todavía no sabe atarse los zapatos solo. Que lo hagan de verdad, con las manos, con experimentos, con paciencia. Que se sienten en el suelo si hace falta.
Al otro lado de esa experiencia hay 115 niños de 1º y 2º de Primaria que de repente tienen un profe que no es exactamente un profe: es alguien mayor que ellos, sí, pero no tanto. Alguien que se pone nervioso, que a veces improvisa, que cuando algo falla dice «a ver, ¿por qué ha pasado esto?» en lugar de pasar página. Y eso, los niños lo notan. Y les encanta.
De dónde nace esto
Llevamos tiempo viendo algo que nos preocupa: los niños de Primaria llegan a Secundaria sin haber tocado casi nada en ciencias. No por falta de curiosidad —los niños de seis años son máquinas de hacer preguntas—, sino porque en Primaria escasean los recursos especializados, el tiempo para experimentar y la conexión real entre la teoría y el laboratorio. La curiosidad científica, si no se alimenta pronto, se va apagando sola.
Al mismo tiempo, teníamos delante a unos alumnos de 4º de ESO llenos de conocimiento, pero con pocas oportunidades de hacer algo útil con él. Alumnos que estudian Biología, Física y Química y Ciencias Experimentales, pero que rara vez tienen que preguntarse: ¿para qué sirve lo que aprendo? ¿Soy capaz de explicárselo a alguien que no sabe nada?
La respuesta fue juntarlos.
Qué hacemos exactamente
Los 20 alumnos de 4º de ESO no llegan a Primaria a dar una charla. Llegan preparados: han trabajado los contenidos con su profesor, han aprendido a adaptar el lenguaje a niños de seis u ocho años, han diseñado los experimentos, han pensado en los imprevistos. Han ensayado cómo explicar un arcoíris sin decir la palabra «refracción», y cómo hacer que un niño entienda que el sonido es una vibración usando solo sal, un bol y un altavoz Bluetooth.
Cada mentor trabaja en grupos pequeños de cuatro o cinco niños. No hay clase magistral. Hay experimentos, hay hipótesis, hay momentos en los que la sal empieza a bailar sobre el film de cocina y ningún niño puede creerse lo que está viendo. Hay paracaídas construidos con bolsas de basura que caen desde lo alto de una escalera. Hay imanes que atraviesan el agua y el plástico como si no existieran. Hay discos de cartón pintados de siete colores que giran tan rápido que se vuelven blancos.
Y hay, sobre todo, un niño de seis años mirando a uno de quince con los ojos muy abiertos, preguntando por qué.
Las sesiones son de dos horas, dos veces con cada grupo. Los pequeños llevan su propio Cuaderno del Pequeño Científico, donde dibujan lo que ven, anotan sus hipótesis antes de cada experimento y comprueban al final si se equivocaron o no. Aprenden que equivocarse no es un fracaso: es exactamente cómo funciona la ciencia.
Lo que les pasa a los mayores
Esto es lo más difícil de explicar en un documento, pero también lo más importante.
Los alumnos de ESO salen de estas sesiones distintos de como entraron. No solo porque hayan repasado el temario —que también—, sino porque han vivido algo que ningún examen les había exigido antes: hacerse responsables de alguien. Gestionar un grupo. Improvisar cuando el experimento no sale. Encontrar las palabras justas para que un niño de siete años entienda por qué la luz blanca lleva todos los colores dentro.
Al terminar cada sesión, cada mentor escribe un diario de reflexión. No es un trámite: es una herramienta real. Se preguntan qué ha funcionado y por qué, qué cambiarían la próxima vez, qué han aprendido ellos sobre sí mismos al enseñar. Muchos reconocen, por escrito, que han entendido cosas que creían que ya sabían, precisamente en el momento en que han tenido que explicárselas a un niño.
El proyecto trabaja tres materias de 4º de ESO —Biología y Geología, Física y Química, e Introducción a las Ciencias Experimentales— pero las competencias que desarrolla van mucho más allá del currículo: comunicación, liderazgo, empatía, planificación, tolerancia al error, responsabilidad real hacia otras personas.
Por qué creemos que esto importa
Hay algo más que queremos que ocurra con el tiempo. Los niños de Primaria que hoy reciben el apoyo de los mayores, dentro de unos años serán ellos quienes diseñen e impartan las sesiones para los más pequeños. El ciclo se cierra solo. Lo que empezamos hoy puede convertirse en una tradición del centro: una forma de entender el aprendizaje en la que enseñar y aprender son la misma cosa.
135 alumnos —20 de ESO y 115 de Primaria— están implicados en esta primera edición. Pero el impacto real no se mide solo en números: se mide en el niño que llega a casa y le explica a su madre por qué aparece un arcoíris, y en el adolescente que escribe en su diario que nunca había sentido que lo que estudiaba servía para algo hasta ahora.
En el archivo adjunto está el impacto desarrollado con las 5 clases de primer ciclo de primaria con todo lujo de detalle.
En este enlace se pueden ver las infografías adaptadas a nivel sobre materiales de laboratorio, medidas de seguridad en el laboratorio y comunicación de ciencia a niños preparadas por el alumnado de 4º de ESO: INFOGRAFÍAS
ENLACE:
DESCARGA:
https://aciertas.org/wp-content/uploads/Impacto-ApS-_-SOMOS-PROFES-EN-PRIMARIA-_-Primer-Ciclo.docx

